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Lecciones de la invasión a Venezuela

Vladimir Cerrón

El 3 de enero de 2026, se realizó una invasión militar aeronaval a Caracas, con el objetivo de secuestrar al presidente Nicolás Maduro Moros, movilizando un centenar de aviones, más de una decena de helicópteros y un comando de élite.

Los resultados fueron más de 100 muertos, entre venezolanos y cubanos, encargados de la custodia presidencial y algunos civiles. El presidente y su esposa fueron llevados en un helicóptero hacia un portaviones en el mar Caribe y posteriormente a los EE. UU., donde están siendo juzgados. Se les acusa de narcoterrorismo, conspiración para el traslado de armas de alto calibre, entre otras, que a todas luces son un pretexto para justificar este acto delincuencial.

Lenin escribió en 1916 la obra: El imperialismo, fase superior del capitalismo, en la que describe sobre las reales causas y fines de cualquier guerra imperialista, concluyendo que la misma no es una desgracia, sino la consecuencia del curso natural del desarrollo del capitalismo, cuyo fin es un reparto del mundo repartido para disponer de las rutas económicas, mercados internacionales, recursos naturales y mano de obra colonizada.

El libro de Lenin es una descripción, como si él hubiera presenciado la invasión a Venezuela, con una lucidez extraordinaria. Esta obra pone en relieve que ninguna guerra imperialista está motivada por la democracia, la libertad, la solidaridad, ni otro eufemismo; por el contrario, las justificaciones se inventan, desde las más verosímiles hasta las más necias, como la lucha contra el narcotráfico, el terrorismo, el tráfico de armas, la corrupción y la inseguridad.

A EE. UU. tampoco le interesa el problema migratorio de Venezuela; es más, este es un mal planificado, provocado y engendrado por ellos mismos, por lo que la oposición venezolana, sobre todo la radicada en el exterior, debe terminar de comprender este fenómeno.

Para dar viabilidad a tal propósito, se inventa la existencia de falsas organizaciones como el “Cártel de los Soles”, creado con el pretexto de combatir al narcotráfico, al que el Departamento de Justicia de EE. UU. ha reconocido su inexistencia. Más adelante, el “Tren de Aragua”, inventado con el pretexto de la inseguridad continental, también correrá la misma suerte.

La invasión a Venezuela fue motivada fundamentalmente por dos razones: la existencia de sus grandes recursos energéticos (petróleo y gas) y recursos minerales (cobre, oro y  tierras raras, denominadas así porque sus componentes son escasos y constan de 17 elementos químicos esenciales para la tecnología moderna).

Las guerras e invasiones se producen al fracasar las medidas coercitivas de un Estado a otro, cuando una potencia pierde influencia diplomática, política, económica y cultural, o siente amenazada o disminuida su hegemonía. En el caso de Venezuela, los bloqueos económicos, financieros, comerciales, tecnológicos y alimentarios, no lograron doblegarla, por el contrario, pese a la imposición de más de 1000 sanciones económicas que la puso en una situación de economía de guerra, los alimentos que antes lo importaban en más del 70 %, ahora el 95 % se producen en territorio nacional; logró alianzas estratégicas con nuevos socios comerciales como Rusia, China e Irak; comenzó a realizar transacciones exceptuando al dólar; y era el país con mejor crecimiento económico en Latinoamérica. Este fortalecimiento estaba debilitando a EE. UU., trayendo como consecuencia el uso de la fuerza militar.

La existencia de los monopolios, cárteles, holding o grupos económicos, como Chevron y ExxonMóbil, quienes manejan el monopolio petrolero en el continente, evidencia que en la fase superior del capitalismo el libre mercado es un tema del pasado, una ficción burguesa, porque no todas las empresas pueden sobrevivir en una competencia cruenta y desigual; entre ellas se irán devorando, sobreviviendo la más fuerte.


Ahora, para que el monopolio garantice su existencia a largo plazo y logre objetivos precisos, no basta su poder económico; este es insuficiente, por lo que tiene que compartir sus utilidades con el poder político y militar estatal, los que le garantizarán protección, vigencia y existencia. No hay otra forma de controlar el mercado desde una posición dominante. En otras palabras, cuando se choca contra un monopolio, se está haciendo contra una suma de poderes.

Al existir los monopolios, se expone que la denominada “autorregulación” o la “mano invisible” del mercado no existen, son otra ficción, una farsa, pues son ellos los que regulan los precios en dependencia de sus intereses, regulación que detestan cuando el Estado lo implementa.

Como prueba, podemos mencionar que EE. UU. anunció que impondrá el precio al barril de petróleo venezolano e hizo un llamado a sus principales empresas petroleras a posicionarse en su territorio, es decir, regulando así el precio de mercado, estableciendo monopolios privados y liquidando el libre mercado, premisas que siempre negó la teoría económica capitalista.

Esta política no es ajena a las pretensiones anexionistas, depredadoras y de rapiña del imperialismo, pues EE. UU. también anunció que ellos administrarán el país, sus recursos energéticos y las utilidades que de estas obtengan, declarando tácitamente sus intenciones colonialistas.

Concluida la guerra, la invasión o la crisis, comienza obligatoriamente un nuevo reparto económico del mundo repartido en conflictos de antaño, una modificación del mapa geopolítico. En este caso, EE. UU. está obligando a Venezuela a cortar relaciones comerciales con China, Rusia, Cuba e Irak, como obligó a Panamá a cortar relaciones con China hace poco, convalidando, una vez más, que no existe el libre mercado.

EE. UU. alega que el control de estos recursos es imprescindible para ellos porque no pueden permitir que sus enemigos como Rusia, China e Irak se provean de petróleo americano, para luego atacarlos. Es la misma teoría hitleriana del “Espacio Vital”, pues se envía un mensaje especialmente al continente: “que, si pueden invadir Venezuela, secuestrar a su presidente y apoderarse de sus recursos naturales, lo pueden hacer con cualquiera, incluso fuera del continente”, posicionando a EE. UU. como país hegemónico.

Finalmente, si el Estado agredido no emana de una revolución popular, está condenado a la transición del poder político, pero si emana de una revolución y mantiene unidad monolítica con el partido, las fuerzas armadas y el pueblo, resistirá a la invasión e incluso podrá vencerla en el corto o largo plazo, lo que consolidará y llevará a la longevidad a la revolución. Estos hechos han sucedido en Cuba ante el fracaso de la invasión por Playa Girón, como en Nicaragua ante el fracaso de Los Contras, ahora como en Venezuela ante esta invasión que no logró ni podrá derrocar al chavismo. 

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Por Vladimir Cerrón Rojas

Médico Cirujano, Especialista en Neurocirugía, Magíster en Neurociencias, Doctor en Medicina, Expresidente de la Asamblea Nacional de Gobiernos Regionales - ANGR, Gobernador Regional de Junín, Secretario General Nacional del Partido Político Nacional Perú Libre.

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