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Cerrón y el cierre del círculo de las traiciones

Por: Tacho Robles

Por fin —dirán los más fieles— Vladimir Cerrón aprendió la lección. Después del vía crucis vivido con Pedro Castillo y la comparsa de profesores que, montados en la ola del magisterio, terminaron convirtiendo el gobierno de Perú Libre en una tragicomedia de ingratitudes, Cerrón ha decidido blindarse. Ya no habrá improvisados con sombrero ni pedagogos de moral elástica. El médico de Junín ha cerrado el círculo: ahora todo queda en casa. Si en 2021 el error fue confiar en un «outsider con tiza y pizarrón», esta vez la jugada es quirúrgica. Cerrón aprendió que las traiciones no vienen del enemigo declarado, sino del aliado agradecido. Que los golpes más certeros no los da la derecha, sino el compañero de fórmula que, apenas siente el poder en los dedos, olvida quién le firmó el pase de entrada al escenario. Por eso ahora la estrategia parece clara: familia o contingencia. Gente de confianza, de su entorno, de su ADN político. Cerrón quiere gobernar con los suyos, no con los que se cuelgan del símbolo del lápiz para luego borrar su propio pasado con la goma del oportunismo. Mientras la derecha se frota las manos imaginando otro “castillazo”, Cerrón parece decidido a no repetir el libreto. Sabe que no puede darse el lujo de otro aprendiz de caudillo que termine abrazando al establishment mientras se olvida del pueblo. Si antes le robaron el proyecto, ahora busca blindarlo. Si antes lo traicionaron, ahora amarra los cabos sueltos con alambre ideológico. Colocar a alguien de su entorno en la segunda vicepresidencia no es nepotismo ni capricho —es instinto de supervivencia política. Cerrón sabe que el sistema no le perdona ni un error, y que su margen de maniobra es tan estrecho como la paciencia de los poderosos. En ese tablero, la lealtad vale más que el currículo. La lección de Castillo fue brutal pero pedagógica: un líder sin control de su entorno termina gobernado por quienes juran servirle. Y Cerrón, que tiene más de cirujano que de mártir, ha decidido operar sin anestesia. Si hay que extirpar el tumor de la traición, mejor hacerlo antes de llegar a Palacio. Por eso esta vez no habrá “profesores arrepentidos”, ni congresistas que se santiguan con el mismo fervor con que cambian de bancada. Esta vez el lápiz no prestará su punta a quien solo quiere firmar su propio ascenso. Cerrón, guste o no, ha cerrado el círculo: traidor que entre, no sale; y quien salga, no vuelve. Puede que no convenza a todos, pero al menos ya no se deja engañar por nadie.

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Cerrón no está muerto: el cadáver político que muchos quisieran enterrar sigue caminando

«Cerrón no está muerto: el cadáver político que muchos quisieran enterrar sigue caminando»

Por: Tacho Robles Aliaga

En el Perú, donde la clase política hiede a cinismo y doble moral, no faltan aquellos que, desde sus cómodas tribunas mediáticas o desde los escaños del poder, repiten como loros amaestrados que Vladimir Cerrón es un “cadáver político”. Lo dicen con la soberbia del que cree que una sentencia o una persecución judicial bastará para borrar la ideología, los errores personales para deslegitimar un proyecto político, y las portadas pagadas para manipular la memoria de un pueblo. Pero la realidad, como siempre, les escupe en la cara: Cerrón no solo no está muerto políticamente, sino que sigue marcando el debate ideológico del país, incómodo para la derecha bruta y achorada, y para una izquierda vendida y tibia que se subió al carro de la difamación de los medios mermeleros.

¿Cadáver político, un hombre que, desde el exilio político, sigue manejando los hilos de un partido con inscripción vigente, cuadros organizados en todo el país y representación en el Congreso? ¿Cadáver político alguien que logró poner a un maestro rural en Palacio de Gobierno, contra toda la maquinaria del dinero, los medios, la oligarquía limeña y los partidos tradicionales? Si eso es estar muerto, entonces el Apra ya está en estado fósil y el PPC es solo una cáscara hueca.

La desesperación por declarar muerto a Cerrón no es inocente. Obedece a un temor: el de que el “cadáver” reviva electoralmente en 2026, o que sus ideas —antineoliberales, soberanistas, populares— prendan nuevamente en un país con más del 70% de su población harta del modelo económico, del centralismo limeño, de los salarios de hambre y la política de rodillas frente al capital transnacional. Temen que, incluso fuera de carrera electoral, Cerrón siga siendo un símbolo —cuestionado, odiado por algunos, pero también respetado y respaldado por otros— del cambio profundo que el Perú aún no ha tenido.

Mientras tanto, los verdaderos zombis políticos caminan sueltos: Lourdes Flores Nano queriendo regresar como senadora, Keiko Fujimori postulando por cuarta vez, Alan García convertido en mártir por una prensa decadente, y un Congreso con 130 muertos vivientes que solo legislan para sí mismos.

Cerrón podría estar judicialmente inhabilitado, pero su influencia política sigue vigente. No lo entierran porque no pueden. Lo quieren muerto porque les recuerda que el pueblo, incluso manipulado, puede un día decir basta. Y esa es una amenaza que los vivos del poder no están dispuestos a tolerar.

Conclusión:

El verdadero “cadáver político” no es Vladimir Cerrón. Son los partidos que no representan a nadie, los políticos que viven del Estado y las ideas que ya no convencen ni a sus propios autores. Cerrón es una figura incómoda, sí, pero mientras incomode al poder, estará más vivo que nunca.

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Ni traidor ni vendepatria: Cerrón es el blanco porque no se arrodilla

Ni traidor ni vendepatria: Cerrón es el blanco porque no se arrodilla

Por Tacho Robles Aliaga

Mientras los corruptos de siempre se reparten el país a dentelladas, hay quienes todavía tienen la desfachatez de apuntar su dedo acusador contra Vladimir Cerrón, tildándolo de traidor, ladrón o “aliado” del fujimorismo. Esa narrativa repetida por fujis, caviares, mermeleros y cobardes disfrazados de izquierda no solo es miserable: es peligrosa. Porque no solo ataca a un hombre, ataca a un proyecto histórico de transformación radical que jamás se doblegó ante la oligarquía.

¿Quién es el verdadero traidor?

¿Cerrón, que fue el arquitecto del triunfo popular del 2021, llevando a Pedro Castillo —un maestro rural— a la Presidencia de la República? ¿O Castillo, que después de escalar con el respaldo del pueblo organizado, lo traicionó de la manera más vulgar, diciendo que Cerrón “ni de portero”? Y, sin embargo, Cerrón no respondió con una puñalada, respondió con principios. Jamás cambió de trinchera, jamás dejó de predicar el marxismo, el leninismo y el pensamiento de Mariátegui, incluso mientras lo arrastraban por las cloacas del lawfare.

Mientras tanto, los verdaderos traidores están libres, blindados, gobernando. Dina Boluarte, producto directo del golpe oligárquico y militar, asesinó a más de 70 peruanos, la mayoría jóvenes pobres, que protestaban por justicia. ¿Y dónde estaban los “izquierdistas” de cartón? Callados. ¿Dónde están ahora? Acusando a Cerrón de “vendido” porque no se inmola en soledad.

El Poder Judicial no es independiente: es una trinchera de los poderosos

El mismo sistema podrido que blindó a Keiko, a Alan, a Dina, a López Aliaga y a toda la calaña empresarial que ha saqueado este país, es el que hoy persigue a Vladimir Cerrón. ¿O acaso nos vamos a tragar el cuento del “debido proceso”? La justicia en el Perú es una farsa digitada por el poder económico. Cerrón no pactó con el fujimorismo: está enfrentándolo con las pocas herramientas que le quedan, entre un pueblo dividido y una izquierda timorata que prefiere la pureza estéril antes que la resistencia organizada.

Luchar no es llorar: es pelear con uñas y dientes

El enemigo no es Cerrón. El enemigo es el aparato mafioso que tiene secuestrado el Congreso, el Poder Judicial, el Ministerio Público, la JNJ y la prensa, todo al servicio de una minoría rica y asesina. A Cerrón lo quieren ver muerto o preso porque no se arrodilla, porque sigue pensando como pensaba, porque no ha vendido su discurso como tantos “progresistas” de boutique.

Y, sin embargo, hay sectores de la izquierda que, en vez de cerrar filas, se dedican a disparar hacia adentro, a dividir, a intoxicar, a servir de idiotas útiles al fujimorismo. Mientras los de la derecha se unen, los nuestros se matan por egos, purismos o resentimientos. Y eso es exactamente lo que ellos quieren: una izquierda débil, fragmentada, sepultada entre rencores.

El 2026 no será una elección: será una batalla por la supervivencia

O llegamos unidos, o nos aplastan. No hay más. El fujimorismo no duerme. La derecha golpista está organizando su continuidad a sangre y fuego. Y si la izquierda no despierta, no se organiza, no se unifica, la derrota será total. No es momento de purezas, es momento de estrategia. No es tiempo de dividir, es tiempo de resistir.

A Cerrón lo atacan porque le temen. Porque representa aún la posibilidad de una organización popular con raíces ideológicas claras. Porque su permanencia como figura política molesta a todos: a la derecha corrupta, a la izquierda sumisa, a los medios comprados.

Que hablen, que griten, que calumnien. Pero no podrán con la verdad ni con la historia. Cerrón no está solo. Cerrón no ha sido derrotado. Cerrón es, para muchos, el último bastión de una izquierda con dientes.

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