Perú Libre | Partido Político Nacional

Categorías
ARTÍCULO

Quién es Bertha Rojas López

Quién es Bertha Rojas López

Vladimir Cerrón

Hace algunas semanas se habla de Bertha Rojas López en el ámbito nacional, a partir de haberse anunciado su participación en la fórmula presidencial de Perú Libre para las elecciones generales del 2026. Para cualquier desinformado su elección y designación se debe exclusivamente por lazos familiares con el candidato presidencial, desmereciendo sus méritos propios. Aquí un pequeño resumen extraído de los fragmentos del libro: Perú Libre del Campo a la Ciudad.

Mi madre, nació en el seno de una familia campesina, en el distrito de Áhuac, provincia de Chupaca, el 8 de abril de 1948, se crió y estudió en su tierra natal, hasta que contrajo matrimonio con mi padre y migró a Huancayo, sin terminar sus estudios secundarios, los que fueron concluidos en la nocturna del Colegio Nuestra Señora del Rosario. Posteriormente ingresó a la UNCP para estudiar Educación en la Especialidad de Lengua y Literatura.

Inicialmente mi padre se opuso a que continuara con sus estudios secundarios, interrumpidos con el matrimonio, pero fue su rebeldía la que hizo posible que mi padre cediera. Similar pugna fue para postular e ingresar a la universidad.

El cambio de hábitat del campo a la ciudad, sumado a las carencias de salubridad en el barrio que nos instalamos y las nuevas necesidades económicas, hizo que mi madre enfermara de tuberculosis y, ante las repetidas crisis de hemoptisis, llegara a estar ingresada en el hospital de Jauja, sometiéndose a tratamientos dolorosos, sin esperar mayores resultados que la respuesta de la propia inmunidad. Mi padre también se enfermó y ambos enfrentaron la patología en la casa hasta curarse espontáneamente. Los tres hijos, nacimos después, nos salvamos del mal.

Mi madre solía llevarme a las reuniones del barrio de Cajas Chico, un pueblo joven donde todos los asentados éramos inmigrantes, no era una invasión, pero carecíamos de agua, electricidad e instalaciones sanitarias. Mi madre tenía que ir con una carretilla cinco cuadras hasta el cementerio general donde había una pileta pública, llenar un cilindro de agua y regresar a casa con el peso que eso significaba para garantizar nuestro abastecimiento.

Ante esta realidad los vecinos conformaron su comité pro agua potable, que mi madre presidió. Tras múltiples esfuerzos ante la Municipalidad Provincial de Huancayo, logramos que se extienda una red de tubos de plástico por todo el barrio, haciéndose realidad lo que se había previsto como objetivo. Fue una alegría total en el vecindario.

Para la electrificación y el alcantarillado, la estrategia fue la misma con el valor agregado que los vecinos confiaban más en ella, el resto fue organización, perseverancia en las gestiones, lucha contra las adversidades y persuasión a las autoridades hasta lograr los objetivos. La llegada de la luz al barrio fue otro acontecimiento, tiramos al almacén nuestra lámpara Coleman, la vendimos a un comprador de fierro viejo que pasaba con su triciclo y nunca más compramos paquetes de vela.

En la década del ochenta adquirimos el primer automóvil de la familia, un Toyota de segunda mano, sedán del 1968, color celeste y techo blanco. Esta magia no hubiera sido realidad si mi madre no tomaba la iniciativa, este auto nos salvó la vida muchas veces en varios incidentes distintos, socorriéndonos de amenazas y peligros, también auxiliándonos económicamente, sin ella no hubiéramos tenido casa ni carro. Mi madre era la única que manejaba el carro, mi padre lo intentó, pero desistió.

Mi madre conformó el primer Frente de Defensa de los Intereses de Cajas Chico, que logró registrarse y adherirse a la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP). Mi padre alcanzó a aconsejarla que tenga cuidado porque todo frente de defensa se constituía contra el gobierno. El frente no duró mucho debido a la represión gubernamental en tiempos de terrorismo y pronto se desactivó.

Mi padre era temeroso para emprender estas cosas, no le gustaba correr riesgos, tenía el temor que alguna reorganización en la universidad pudiera dejarlo fuera de la docencia, por la naturaleza política que tenían las mismas. No estaba lejos de la lógica, puesto que en su época estudiantil había participado como dirigente en múltiples reorganizaciones de la UNCP, siendo testigo presencial al percibir la facilidad con que podía ejecutarse esta medida, sumado al desamparo en que quedaban los trabajadores.

A comienzos de la década del 80 falleció mi abuela paterna Amalia Palomino Balbín. Mi padre golpeado por la pérdida de su madre, deprimido e inmunodeprimido, enfermó gravemente con tifoidea, llegando a presentar hemorragias por una perforación gástrica. Estuvo ingresado en el Hospital Daniel Alcides Carrión de Huancayo por varias semanas. Sus enemigos políticos en la universidad aprovecharon para despedirlo de la docencia. Sus presagios se cumplían.

Mi madre había egresado de la universidad, donde concluyó sus estudios de Lengua y Literatura y enseñaba en la comunidad de Viques, al sur de Huancayo. En estas circunstancias estaba obligada a “parar la olla”, tarea nada fácil con tres hijos estudiando y el esposo grave en el nosocomio. Entonces, mi madre tomó el volante del Toyota para hacer servicio de taxi de Huancayo a Sicaya y viceversa, yo era el copiloto a mis diez años de edad. Hicimos varios viajes por muchos días, hasta que mi padre salió de alta.

Se había convertido en Huancayo no solo en la primera mujer que conducía y tenía licencia, sino que, además, prestaba un servicio público en una tierra culturalmente machista hasta ahora. Así logramos tramontar la crisis económica y sanitaria que se presentó en la familia. Nada sencillo, pero posible.

Tras el asesinato de mi padre, el 8 de junio de 1990, mi madre asumió el papel rector en la familia, pero ahora en circunstancias más duras, riesgosas y políticamente adversas. Desde el momento que fui con ella al diario Correo de Huancayo, el 17 de junio de 1990, acudiendo a un llamado para identificar en unas fotografías la posibilidad de que uno de los cadáveres perteneciera a mi padre, vi a mi madre fuerte como una roca protectora, aparentemente insensible, quien me llamó la atención en esas oficinas cuando comencé a derramar lágrimas al reconocer a mi padre muerto.

Embargados por un sentimiento de tristeza, impotencia y venganza, salimos de las oficinas del diario. Ella se puso firme al volante del carro para retornar a casa y darles la mala noticia a mis hermanos, además de prohibirnos llorar en el velorio, las exequias y el entierro, porque no quería que los enemigos gozaran con nuestro dolor. En realidad, estaba preparada por mi padre para afrontar con entereza esta situación si llegara a suceder, como él lo presagiaba, dejándole además el encargo que debiera ser enterrado sin discursos, ni alocuciones políticas, para no permitir falsos embanderamientos.

El diario Correo en su edición del 19 de junio publicó en primera plana: “Primicia de Correo dio la vuelta al mundo” y en caracteres más visibles: “Vicerrector murió acribillado”. Apareció con nueve impactos de bala, dos en la cabeza como remate del crimen. Los pies estaban cercenados.

El temple de mi madre no fue ajeno a la crónica periodística: “Con profundo dolor, pero serena y fuerte, Bertha Rojas López, esposa de quien en vida fuera el vicerrector de la UNCP, observa el cadáver de Jaime Cerrón Palomino, que se encuentra totalmente desfigurado y con múltiples impactos de bala en el cuerpo hallado en Sincos (Jauja). Fue en el acto del levantamiento del occiso”. [*]

Participó de manera valiente en el reconocimiento, levantamiento y necropsia del cadáver de su extinto esposo, como muy pocas mujeres lo habrían hecho: la compañera de un revolucionario. Los restos fueron velados en el Palacio Municipal y el 20 de junio se enterró en medio de un mar humano. Por haber sostenido que el responsable de este crimen era el gobierno aprista, mi madre comenzó a ser objetivo de amenazas, siendo que el diario Correo puso como noticia destacada: “Amenazan a viuda de vicerrector”, con un subtítulo que señalaba: “Para acallar el esclarecimiento del crimen”.

Inhumado mi padre, la vida comenzó a cambiar drásticamente para nuestro núcleo familiar, fuimos víctimas de persecución sistemática por los servicios de inteligencia de la policía y del Ejército, extendiéndose hasta mis abuelos, quienes sufrieron agresiones en sus pueblos, motivo por el que decidimos salir. Nuevamente al volante de nuestro Toyota, mi madre, mi hermano Waldemar y yo, emprendimos súbitamente el viaje rumbo a Lima, ante la sospecha de un acto represivo. Ella condujo tres horas sin parar hasta llegar a La Oroya por la noche, estacionamos a orillas de la carretera, descansamos y nos quedamos dormidos.

A los pocos días de estar en Lima nos enteramos que miembros del ejército nos buscaron en la casa y al no ubicarnos fueron a casa de mis abuelos, paterno y materno, a quienes ataron de manos y amenazaron de muerte. Al llegar a Lima, nos dirigimos a un convento donde nos esperaba la hermana Magda Canchanya Ruiz, amiga de mi madre desde el colegio, perteneciente a la congregación El Buen Pastor. Ahí permanecimos una semana. Luego nos trasladamos a El Agustino a casa de una tía, Catalina Guerra, quien nos dio refugio y trabajo en su mediana empresa de confecciones.

Mi madre no se adaptó del todo y a los dos meses decidimos regresar a Huancayo enfrentando cualquier circunstancia adversa. Se reintegró a su trabajo de maestra, Waldemar regresó a la universidad y pronto yo marcharía a Cuba. Al morir mi padre, la familia heredó sus enemigos, no solo en el campo político, sino también en el académico. Ellos trataban de impedir que mi madre sea docente universitaria, pero logró sobreponerse una vez más.

Luego decidió estudiar los posgrados en el país y en el extranjero hasta lograr el grado académico más alto. Este último acto fue una sutil llamada de atención a nosotros sus hijos, pues si ella a su edad se fue dos años a la Universidad Mayor de San Simón en Bolivia a seguir estudiando, cómo era posible que nosotros nos quedáramos sin los grados, así que teníamos un solo camino: el trazado por ella.

Mi madre enfrentó dos experiencias de persecución política, primero tras el asesinato de mi padre en el año 1990 y posteriormente tras la persecución a Perú Libre en el año 2021, donde fue incluida en el proceso de investigación. El Estado nos fue imputando diversos delitos a todos los miembros del Partido que luego fueron comprometiendo a mi familia, principalmente a mi madre, siendo víctima del congelamiento, incautación y embargo de sus cuentas personales y de viudez, y allanamientos a su domicilio.

Ella decidió enfrentar y resistir valientemente, había que afrontar a nuestros enemigos en nuevas condiciones, sin mostrar ni un ápice de debilidad. Como parte de esta resistencia, terminó de escribir sus Ecofábulas, género literario que aparte de invitar a reflexiones sobre el cuidado medioambiental, presentan un sugestivo componente político, en la obra El Halcón y el Gorrión, narra el abuso del primero sobre el segundo, reflejando el atropello permanente de la oligarquía contra el pueblo, fábula donde el gorrión, a pesar de las circunstancias desventajosas, usando su inteligencia, audacia e ingenio, logra escapar de las garras del halcón; concluyendo que nosotros a pesar de ser gorriones, nunca debemos desmayar en la batalla.

[*] Mi madre reconoce el cuerpo de mi padre. Escena que mejor retrata su temple, para comprender quién es y de qué material está hecha, compañera leal a toda prueba, un liderazgo indiscutible [Junio, 1990].
Bertha Rojas López delante del féretro de su extinto esposo Jaime Cerrón Palomino [Junio, 1990].
Bertha Rojas López, flanqueado por su hijos Waldemar y Vladimir, delante del féretro de su esposo Jaime Cerrón Palomino [Junio, 1990].
Share